Venezuela: modelo de autodestrucción

Redacción Revista Petróleo y Gas febrero 9, 2017 Comentarios desactivados en Venezuela: modelo de autodestrucción

En 15 años de régimen socialista, los ingresos petroleros superaron los USD 900.000 millones, que se fueron en importaciones, gasto público ineficiente y corrupción.

A comienzos de 2008, en las puertas de la crisis financiera internacional y cuando se notaban ya los los efectos sobre el precio del petróleo, el entonces presidente Hugo Chávez dijo: “Póngame el precio del petróleo a cero y Venezuela no entra en crisis, pónganmelo a cero. La crisis es del capitalismo, no del socialismo”.

Y en el segundo semestre de 2014, su sucesor Nicolás Maduro mantenía la misma idea: “Un gobierno revolucionario con poder económico como el que yo presido tiene planes para pasar cualquier situación así tiren los precios de petróleo a donde los tiren”. Poco más de un año después, Maduro declaró la emergencia económica para enfrentar una crisis económica con una caída en el crecimiento y una inflación récord en el mundo de más del 200 por ciento anual.

Un modelo fracasado

Pero la realidad era distinta a las palabras y la bonanza y la riqueza de Venezuela, país que era considerado como un “petro-estado”, que nada tenía que disputarle a los árabes, solo estaba en la mente del controverido mandatario y las señales de debacle eran cada vez más notorias. 

Cuando Chávez llegó al poder en 1998, el precio del petróleo escasamente pasaba de USD 10 por barril, pero desde el año siguiente el panorama comenzó a ser favorable subiendo a USD 15, cinco años después a USD 32 y a 88 a comienzos de 2008. Luego de una caída por la crisis financiera internacional, desde el 2010 seguiría su carrera ascendente hasta un promedio de 103 en el lapso 2011-2014. 

Así, desde su ascenso al poder a finales de los años noventa hasta el 2014, se estima que Chávez recibió más de USD 950 mil millones por la venta del crudo al exterior, esto un promedio por encima de USD 56.000 millones/año, cuando en el pasado escasamente superaba por USD 15.000 millones, de cualquier forma una cifra muy alta para el país y que ya le daba el calificativo de potencia petrolera. En 2015, los ingresos por venta de crudo solo ascendieron a USD 12.000 millones, 25.000 millones menos que en 2014.

Contablemente se explica fácil: los precios cayeron dramáticamente a 20 dólares por barril agravado con el descenso sistemático de la producciòn interna a raíz de medidas adoptadas años atrás. 

En este último tema, el asunto tiene su explicación. Luego de cuatro años en el poder, Chávez tomó dos medidas que marcarían la ruta: siguiendo la línea de modelo intervencionista decidió imponer un estricto control de cambios e intervenir los precios. Su idea era atajar la fuga de capitales y la supuesta especulación con los precios al detal. Las medidas siguieron a un duro paro que se vivió a finales de 2002 y comienzos de 2003 por parte de los trabajadores petroleros y que marcaría el quiebre de la economía.

De un lado, el Gobierno inicio una purga en la estatal petrolera PDVSA al despedir una gran cantidad de trabajadores sin consideración alguna sobre la calidad del talento en la industria, lo cual fue el comienzo para que se diera una caída en la producción de crudo. Se inauguró así la PDVSA al servicio del socialismo con un daño irreparable sobre la economía local. Los calculos dicen que sacaron a 19.000 trabajadores de lo mejor que había.

De otro lado, el control de cambios indujo a la aparición de estímulos a las importaciones legales y de contrabando y a prácticas de corrupción en el gobierno por la estrechez de divisas a que eran sometidos los distintos sectores productivos.

Los poblemas de abastecimiento e inflación se hicieron más contundentes y la respuesta oficial fue acentuar la intervencion del Gobierno y las acusaciones a los empresarios de liderar maniobras para “conspirar” contra las políticas públicas. Concretamente se inició un plan de expropiaciones y estatizaciones. 

De acuerdo con la Confederación Venezolana de Industriales, entre el 2002 y el 2014 se hicieron más de 1.250 acciones, afectando no solo a grandes empresas y sucursales internacionales sino a pequeñas y medianas firmas. Entre las más gandes se cuentan a Cemex, el Banco Santander, el hotel Hilton, Owens-Illinois y las petroleras Exxon Mobil, Total y ConocoPhillips, entre muchas otras.

La justificación de las decisiones arbitrarias era política con el argumento de que estas empresas estaban en sectores “estratégicos” para la revolución bolivariana como las de alimentos y su distribución, telecomunicaciones, servicios básicos e industrias extractivas como siderurgia y petróleo. Otras veces era para atajar maniobras especulativas y defender los derechos de los trabajadores, base del modelo chavista.

Populismo muy caro

Una investigación seria, publicada en el libro Gestión en rojo de la economista Anabella Abadía, analiza lo ocurrido con 16 empresas estatales expropiadas, nacionalizadas o creadas por el gobierno y la conclusión es dramática: “Descubrimos que las empresas no eran financieramente sostenibles, pues todas dependían de recursos procedentes del Gobierno”. Todas fracasaron.

“Este es un gobierno que destruyó la economía del país. Expropió la siderúrgica Sidor y la quebró; expropió el sector del cemento y lo quebró; expropió la cadena de supermercados Éxito y la sustituyó por los Abastos Bicentenario, que ahora Maduro nos dice que son un desastre”, dijo el economista Ricardo Hausmann, residente en Estados Unidos, pero que es un seguidor permanente de la economía venezolana.

El caso de la siderúrgica Sidor es patético: su producción llegó a 4,3 millones de toneladas de acero en 2007, último año que estuvo bajo control de la argentina Ternium. En 2008 Chávez la estatizó. En 2015, produjo solo 1,1 millones de toneladas.

Sin embargo, no todo el dinero se fue por el hueco de la ineficiencia del estado socialista en su afán por apoderarse del aparato productivo y se debe reconocer algunas acciones públicas en favor de la población, pero todas con aire populista. Maduro afirmó que durante los años del régimen se han construido un millón de viviendas y que el número de estudiantes universitarios se incrementó de 500.000 a 2.000.000 entre 1999 y 2015, los pensionados pasaron de 280.000 a tres millones en los útimos seis años y el sistema de salud pública tiene una cobertura del 80 por ciento de la población.

No es un secreto que con la idea de exportar el modelo socialista, Chávez y luego Maduro destinaron una cifra muy importante de recursos al apoyo de otros países como Cuba y Nicaragua y otros del Caribe, entregando petróleo a precios subsidiados. Se estima que la cuenta pendiente de cobro llega a por lo menos USD 150.000 millones, difícilmente recuperabes.

Pero no solo eso. Stephen Hanke, profesor de Economía de la U. John Hopkins (Estados Unidos), aseguró a la BBC de Londres que gran parte del dinero se perdió ciertamente por la ineficacia del aparato del Estado, pero otra parte se desvió por la “enorme corrupción”.

“Mucho dinero fue a los bolsillos de los políticos y otra parte fue a los bolsillos de las personas que apoyan al Gobierno”, dijo en su conversación con BBC Mundo.

La fiebre importadora por la escasez en la producción interna, la especulación y los “estímulos” fueron muy grandes.

Según Ecoanalítica, entre 1999 y 2014 se destinaron USD 554.000 millones a las importaciones, cifra no toda transparente, pues incluye operaciones fraudulentas o a través de empresas fantasmas o de fachada. Incluso, se habla que cerca de USD 300.000 millones de los ingresos petroleros fueron dilapidados por funcionarios y empresarios corruptos, con conocimiento del alto Gobierno.

La bonanza petrolera dio para todo. El Gobierno tuvo bajo control durante varios años “recursos reservados” por más de USD 30.000 millones, producto de la subestimación de los precios del crudo, recursos que no incluyó en el presupuesto público, pero que sí utilizó a su antojo y total discrecionalidad.

Plata rusa y china

La paradoja no se detiene allí. Además de los abultados ingresos por exportaciones petroleras, desde 1999 el país optó por la vía del endeudamiento externo a bajo costo emitiendo bonos por más de USD 55.000 millones, que según analistas, los compromisos hasta 2030 pueden acercarse a los USD 100.000 millones, más los contraídos con Rusia y China. Según cifras del BID, en los últimos 9 años, China le ha hecho varios préstamos por USD 65.000 millones, que en parte se han pagado con petróleo.

“Venezuela no usó el boom petrolero para ahorrar para la época de vacas flacas, sino para quintuplicar la deuda externa. Ese dinero se lo gastaron y ahora, como dice el dicho, que te quiten lo bailao”, dijo Hausmann a BBC.

Para Hausmann, Maduro tiene ahora un Estado que no puede financiar con un déficit gigantesco: “Esta crisis es producto del manejo irresponsable de la economía”.

Según su opinión sobre el gasto excesivo, en 2012 cuando, pese a que el precio promedio del petróleo venezolano estaba en USD 103, el gasto público tuvo un déficit equivalente al 17 por ciento del PIB. “Es decir, que Venezuela gastó como si el petróleo hubiera estado en USD 197 el barril”.

Como resultado de lo anterior, la situación económica de Venezuela limita hoy con la ficción, pese a seguir siendo considerado como el país con las mayores reservas petroleras del mundo, pero el derrumbe es total: los ingresos por exportaciones equivaldrán a unos USD 22.000 millones en este año y deberá pagar USD 16.000 millones de deuda externa en el corto plazo, con lo cual no le quedan fondos para las importaciones que necesita con urgencia.

La recesión económica es aguda con una caída de 10 por ciento en su PIB, la inflación ronda el 700 por ciento y la especulación cambiaria alcanza niveles increíbles. Teniendo esas reservas de crudo, sus habitantes enfrentan serios problemas de pobreza y escasez de los productos básicos como medicinas y alimentos.

Mientras el país se hunde y solo es un recuerdo de su riqueza, el presidente Maduro culpa de la situación a la “guerra económica” que supuestamente promueven Estados Unidos y agentes internos venezolanos, a los que tambien responsabiliza por la caída de los precios del petróleo.

Según el mandatario, Venezuela vive un boicot económico internacional que incluye ataques contra su moneda y el control de cambios, una ola especulativa y el contrabando de gasolina hacia otros países y de productos básicos.

La desesperación de los ciudadanos alcanza límites extremos, lo cual se expresa es la alta inseguridad y brotes de inconformidad sin antecedentes, mientras el Gobierno es cada día más incapaz de enfrentar la crisis. El alza por decreto de salarios es de 50 por ciento o más y se ha relizado cinco veces en el último año.

Hace unos días, se anunciaron medidas como una devaluación de la moneda, una flexibilización del control de cambios y una subida en el precio de la gasolina por primera vez en dos décadas, pero todo indica que dada la situación, resultarán insuficientes para detener lo que ya se considera una catástrofe por la falta de divisas, altísima inflación y deterioro generalizado de la situación social y política. 

Así fue como el modelo llamado ‘Socialismo del siglo XXI’ acabó con la riqueza y el orgullo de un país, que llegó a ser considerado una potencia petrolera y con los mayores niveles de vida de Latinoamérica.

La ruina de PDVSA

La producción de PDVSA cayó en 2016 hasta un nivel de 2,5 millones de barriles/día, lo que significa una baja de 10 por ciento frente al periodo anterior y se ubica en el mismo nivel de hace más de dos décadas. Para este 2017, la producción también quedará en los mínimos históricos, pues se cree que solo subirá un mínimo de 5.000 barriles por día.

Como se sabe, la economía de Venezuela “vive” gracias al petróleo y hoy en día la recesión que se enfrenta no tiene precedentes: la caída del PIB es del 10 por ciento y se tiene tres años en esa situación. Las reservas internacionales en el banco central han caído al mínimo y limita la capacidad de realizar las importaciones que se requieren para atender las necesidades internas.

Ante la situación, la petrolera hace ingentes esfuerzos para garantizar el pago a los proveedores, entre los cuales se destacan los vendedores de diluyentes que se necesitan en la operación de crudos extrapesados, así como los planes para mantener las refinerías. Como se sabe, Venezuela comenzó a importar diluyentes en 2015 debido a la caída de su producción de crudo liviano y mediano, pero ha tenido problemas con los proveedores por la escasez de recursos para pagar.

Venezuela vende petróleo a China e India. En el primer caso, opera con un sistema de pago en crudo hasta 550.000 barriles por los créditos otorgados por el gigante de más de USD 50.000 millones. En el caso de India, la operación se hace en efectiva y se estima que la rodea los 350.000 bpd. 

PDVSA podría compensar su déficit de diluyente con un mayor mantenimiento de sus refinerías para que produzcan más nafta y reactivar una refinería en Aruba, que opera Citgo, pero ese objetvo podría verse truncado por los problemas de liquidez y los apagones permanentes e interrupciones en la operación.

Es otra paradoja del destino: uno de los paíes que tiene la mayor cantidad de petróleo en el mundo no solo tiene su población en la pobreza sino que no tiene dinero para operar sus plantas que le permitan sacar el petróleo.

El carro en rines

En 1943 el gobierno de Venezuela expidió una ley para vivir del petróleo; en 1976, acabó con las concesiones a empresas extranjeras y todo pasó a manos del Estado y en 1999 (con Hugo Chávez) los hidrocarburos pasaron a manos del Gobierno, el gran petrolero dueño de la empresa que lo maneja todo, PDVSA.

Se estima que el petro-mandatario manejó a su antojo en 15 años, una cifra superior a los USD 900.000 millones para fomentar un modelo económico y social que se ideó en lo que es considerado el más rotundo fracaso de Gobierno.

Hoy, los venezolanos hacen largas filas para comprar papel higiénico o harina precocida de maíz, comprar medicinas y toallas higiénicas. Es una vida de mendigos.

La pérdida de calidad de vida en el país es todo un drama y quizá un ejemplo lo dice todo todo: en el país de la gasolina más barata del mundo casi no se producen ni se venden automóviles y la industria automotriz está literalmente desaparecida, operando a menos de 10 por ciento de su capacidad. Un sector que alcanzó a producir 170.000 automóviles en 2007, produjo menos de 3.000 en 2016, según la Cámara Automotriz de Venezuela.

Pero ¿cómo se ha llegado a esta situación?

En Venezuela, la operación principal es el ensamblaje de carros y para ello las automotrices necesitan importar gran parte de los materiales y las casas de origen no envían los componentes desde hace tres años porque el país no tiene divisas para pagar las importaciones, pues las filiales locales no han tenido acceso a dólares oficiales, ni pueden repatriar el capital ni cambiar sus bolívares. Están atados en el peor de los mundos. 

Hace diez años la vida era otra, cuando se producían 170.000 carros y se importaba otro tanto. El auto era el símbolo de la riqueza del venezolano. 

Las plantas de Valencia, 75 por ciento del ensamblaje de vehículos, están vacías. De los 11.000 trabajadores directos, solo unos 2.000 están activos y las otrora lujosas salas de venta y exhibición se han cerrado o están a su minima operación. 

¿Para qué tener la gasolina más barata que un paquete de pan o una botella pequeña de agua, si no se puede tener un carro?, es el comentario. 

Pese a las cifras, puede que no se haya tocado fondo.

Aunque a corto plazo aumentaran los ingresos por petróleo, difícilmente el Gobierno los destinaría de nuevo al sector si continuara la escasez de alimentos y medicinas, entre otras cosas.

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